La vida moderna de la chica o del chico de hoy en día es agotadora. Y no sólo porque te ves obligado a repasar mentalmente tus quehaceres laborales mientras intentas sobrellevar el implacable ritmo al que te somete la cinta corredora del gimnasio, ese tiránico invento que ni la malvada madrastra de Blancanieves hubiera sido capaz siquiera de imaginar. Además, con la otra mitad de tu cerebro, debes identificar la docena de soniquetes que salen cada pocos minutos de tu inseparable teléfono móvil de ultimísima generación, y que forman una sinfonía de tonos tan desconcertante que incluso habrían conseguido que al mismísimo Johann Sebastian Bach le hubiesen entrado unas ganas terribles de abandonar la música y regentar una tienda de cuencos tibetanos. Ommm.
Sin olvidar tampoco las apasionantes y peligrosas conversaciones de tus compañeros de esfuerzos físicos. Y digo peligrosas porque es habitual que te dé por escuchar una de esas perlas dialécticas que condensan los miles de años de evolución del pensamiento humano, mientras intentas convertir tu cuerpo prêt-à-porter de clase media de barrio obrero en un divino templo griego a mayor gloria de los dioses. Y claro, se produce el desastre. La risa lela te provoca flojera y lo único que consigues hacer es encomendarte a la virgen de Begoña para que las fuerzas no te abandonen, como el desodorante, y fallezcas aplastado por las pesas que estabas sujetando en lo alto con cierta gracia y donaire. La verdad, no sé qué es peor, si el peligro de acabar convertido en una cápsula de Nespresso en tu afán por emular a Hércules, o las risotadas –también desde lo alto, cómo no- de los dioses del Olimpo, que jamás pensaron que el libre albedrío fuese a dar tanto juego.
Así que, en medio de toda esta vorágine diaria de principios del siglo XXI, cuando un buen día te detienes cinco segundos para tomar aire y mirar a tu alrededor y ver en qué se ha convertido tu vida, te caes del guindo. Así, sin avisar; y sin paracaídas, ni red ni, para colmo, guindas, que son esas cosas que nunca pedirías para comer motu propio, pero a las que no te puedes resistir cuando aparecen flotando en tu bebida pidiendo guerra con su descarado color carmesí, mientras los hielos corren despavoridos a refugiarse en la esquina opuesta de la copa. Detalle que hubieran debido recordar los oficiales del Titanic, por cierto.
Algunos llaman a esta revelación mística la crisis de los cuarenta. Pero eso es dotar al momento de una clase y un glamour que, definitivamente, no tiene ni por asomo. En realidad, lo que ocurre es que, repentinamente, te ves una tarde de sábado cualquiera, en mitad de tu vida útil, con todos tus amigos emparejados, tú más solo que la una, y tu otro yo, veinte años más joven, mirándote fijo y con una sonrisa desafiante desde una fotografía descolorida colocada frente a ti, pero con un lustre en la piel que darías tú el guindo entero por haber podido conservar.
Y claro, ante semejante escena folletinesca, te quedan dos opciones: darte a la bebida, algo que hizo con tal maestría Sue Ellen Ewing en Dallas que cualquier intento de imitación posterior resulta ridículo y pretencioso; o ponerte a escribir, que es lo que he decidido hacer yo. Así que, como acabo de cumplir cuarenta años y parece que el cuatro ha llegado para quedarse, intentaré retrasar el momento de la temible madurez transcribiendo las pequeñas sensaciones que hacen que, en nuestro interior, sigamos pareciendo niños de preescolar. Como en aquellos días felices de tarros de cristal rellenos de agua de grifo recalentada al sol de mayo, pero que bebíamos con ansiedad mientras jugábamos en la calle después de la jornada lectiva.
Por de pronto, el dichoso sábado en cuestión creo que lo conseguí. No sé si sería la providencia o quién, porque nunca he tenido el gusto de conocer a esa caprichosa señora, pero lo cierto es que, después de semejante revelación y cuando abría un armario con el súbito y desesperado impulso de acabar con las existencias de cualquier cosa comestible existente en el lugar, descubrí los restos de una tableta de chocolate negro con almendras (advertencia para navegantes: semejantes ataques de gula ocurren por no tener siempre a mano una tarta de queso, como las tan precavidas y nunca suficientemente bien ponderadas Chicas de Oro).
El caso es que me quedé completamente descolocado. E hice algo que hacía años que no había hecho. Fui a la cocina, cogí un trozo de pan, le quité la miga e introduje cuatro onzas de aquel chocolate olvidado que había vivido sin saberlo –¡qué cruel es el destino!- sus últimas semanas en el armario. Y, mientras degustaba apaciblemente el sabor del pan con chocolate, cual vaca que ve pasar un tren, comprobé que tan sencilla acción me había dado algo que ni mi smartphone de doble núcleo ni la tabla de ejercicios gimnásticos más completa del universo mundo serían capaz de ofrecerme: cierta perspectiva. Tal vez no la genial de Leonardo Da Vinci, ciertamente, pero sí, al menos, una lo suficientemente sólida como para permitirme ser consciente de que nuestra ajetreada vida moderna puede hacer un paréntesis… siempre que nosotros así lo queramos, aunque sea a base de harina, cacao, almendras y recuerdos de una época sin tantas responsabilidades.
Bienvenida sea, pues, la década de los cuarenta. Y las que vengan. Eso sí, que las sucesivas lo anuncien a bombo y platillo, por favor. Tal vez así consigan que Johann Sebastian se interese de nuevo por el pentagrama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario